Hace ahora unos tres años, fuimos sorprendidos por una reactivación repentina del debate sobre la energía nuclear de fisión. De pronto, todas las agencias de propaganda habituales estaban plagadas de artículos, elegías y (falsas) propuestas para el debate para adelantar las posturas de la industria atómica civil, cuando apenas unos meses antes nadie comentaba ni mú. De hecho, resultaba bastante ridículo ver a los juntapalabras a sueldo de turno (comúnmente llamados periodistas o comunicadores) hablando de temas complejísimos de los que no tenían ni la más remota idea.
Uno, que además de defensor moderado de lo nuclear (o, al menos, contrario al histerismo anti-nuclear) ya va siendo perro viejo, fue captando los matices de este debate con los oponentes silenciados que en realidad no era sino una campaña propagandística para inculcar a las masas que la energía nuclear es lo mejor que se ha inventado desde el pan tierno y quien no lo viera así, es que debía ser un poco tontito. O un peligroso subversivo trabajando para los enemigos de Occidente. O las dos cosas a la vez. Ya dijo Goebbels que la propaganda no se hace para los intelectuales.
Evidentemente, esta campaña estaba relacionada con un intento de posicionamiento de los conglomerados energéticos, que hace décadas que vienen viendo cómo sus subsidiarias atómicas languidecen sin pena ni gloria, al calor de las subidas de los hidrocarburos durante 2006 y 2007. Quizás por vergüenza de verse asociados con esta nueva generación denuclearistas sin la menor idea de física o economía energética, por el disgusto de sentirse manipulados o por simple realismo, mucha gente que normalmente es partidaria de la energía nuclear en distintos grados pasó de sumarse a la avalancha.
Porque la energía nuclear ni es el demonio que temen unos ni el maná que quieren imponer otros. Su seguridad ha mejorado mucho en los últimos años, pero desde el punto de vista social y económico es tan mediocre como cualquier otra. Entre el "nuclear, sí" y el "nuclear, no", las posturas más razonables se encuentran esencialmente en el medio y oscilan entre una postura y otra. Por eso, muchos países perfectamente sensatos siguen apostando por ella, y otros al menos igualmente sensatos han decidido ignorarla mediante moratorias o cierres.
Por eso, también, a pesar de los monstruosos incrementos de demanda energética mundial de las últimas décadas, el número de reactores permanece esencialmente estable desde hace 25 años; y al no haber construido muchas unidades nuevas en este periodo, su número decaerá próximamente porque la mayor parte andan ya muy viejitos.
(Fuente: European Nuclear Society)
Quizá para horror de algunos miembros de esta nueva generación de nuclearistas, la energía nuclear nunca se ha desempeñado muy bien en el mercado libre; su historia es una historia de estatalismo, monopolios públicos, militares, funcionarios, políticos, subvenciones, ayudas e inversiones con dinero de los contribuyentes. La energía nuclear de mercado no existe, no ha existido nunca. Comenzaremos por aquí.
Con dinero de todos, nuclear sí. Con mi dinero, nuclear ni de coña.
La energía nuclear comercial constituye el caso extremo de tecnología ultra-fomentada y protegida hasta el absurdo por fuerzas ajenas al mercado. Pese al victimismo del que suelen hacer gala sus proponentes, resulta imposible determinar las inmensas cantidades de dinero público y privado gastadas a lo largo de décadas para intentar hacerla rentable y segura, sin un éxito claro (al menos, mientras el gas natural siga por debajo de 5€/MMBtu). Por razones estratégicas, políticas y militares, la energía nuclear contó con subvenciones prácticamente ilimitadas durante la mayor parte de su existencia, bajo la forma de I+D militar, facilidades y ayudas a su instalación, absorción de pérdidas operativas por parte del usuario o contribuyente y sostenimiento público de una miríada de necesidades asociadas como las densas redes de vigilancia radiológica o la presencia de funcionarios de la seguridad del estado para proteger sus locales.
Muchos de quienes ahora lamentan los muy limitados subsidios públicos para el desarrollo de la energía nuclear de fusión suelen olvidar que la de fisión fue íntegramente investigada en laboratorios estatales (casi siempre, militares), a costa del contribuyente; fue implementada a gran coste por compañías eléctricas entonces públicas (Soyuzatomenergo en la URSS, las derivaciones de Atoms for Peace en los EEUU, Central Electricity Authority en el Reino Unido, Electricité de France en Francia, etc); y ha sido operada bajo las condiciones de garantía estatal ya reseñadas. Entre 1947 y 1999, la energía nuclear comercial en los Estados Unidos recibió subvenciones directas (sin incluir el efecto de los trabajos militares o las ayudas asociadas) por importe de 145.400 millones de dólares: el 96% de los subsidios totales al desarrollo energético en ese país (por comparación, la solar/fotovoltaica recibió 4.400 millones y la eólica, 1.300 millones).
A pesar de todo este dispendio, medio siglo después, la energía nuclear de fisión sigue sin ser más que marginalmente rentable, y sólo en algunos casos. Céntimo arriba o abajo, viene a salir como el carbón, el gas natural o la eólica, con una inversión inicial mucho mayor; tanto, que sigue dependiendo de la buena voluntad estatal, como en las recientes garantías sobre créditos que acaba de asegurar Obama para la construcción de dos de los tres primeros reactores nucleares en los EEUU desde los años '70. En Europa, los reactores de nueva generación en Flamanville 3 y Olkiluoto 2 han incurrido ya antes de su terminación en graves sobrecostes, retrasos y advertencias de las autoridades de seguridad nuclear, que se terminarán saldando con más dinero público.
De los 56 reactores nucleares que se construyen en la actualidad, 40 (el 71%) están en China, Rusia, Corea del Sur e India: países con necesidad perentoria de energía para su desarrollo, sobre todo en regiones remotas o pobremente conectadas a las grandes redes internacionales por razones geográficas. Y 50 de ellos (el 89%) pertenecen a empresas estatales monopolísticas, generalmente con intereses en lo atómico mucho más allá del libre mercado energético: los consorcios CNNC y CGNPG de China, Atomenergoprom en Rusia,KHNP de Corea, NPCIL de India, NEK EAD de Bulgaria, Taipower (Taiwan), Energoatom (Ucrania), Nucleoeléctrica Argentina, AEOI de Irán y PAEC de Pakistán, lo que deja sólo seis promovidos por la iniciativa privada y sus riesgos, aunque sean riesgos tan protegidos, intervenidos y subvencionados como ya indiqué.
En la práctica, nadie en el mundo está dispuesto a arriesgar sus bienes en nuevas centrales nucleares sin acceso garantizado por una u otra vía al talonario del dinero público, lo que en Occidente viene constituyendo un ejemplo clásico de privatización del beneficio y socialización de las pérdidas. Fuera de Occidente ni siquiera se molestan en mantener este teatrillo: todo lo nuclear es estatal de hecho, y se entiende como inversión estratégica, nacional y geopolítica con un componente de mercado secundario, a veces casi irrelevante.
De hecho, la liberalización de los mercados eléctricos en Occidente complica la apuesta nuclear. Una compañía estatal monopolística puede estar razonablemente segura de cuál será su demanda de energía y el valor de la misma en el porvenir, por lo que puede destinar grandes inversiones a largo plazo con cierta confianza; mientras que un operador en el mercado energético liberalizado está sujeto a los vaivenes del mismo y las acciones futuras de sus competidores, por lo que contemplará esta opción tan costosa y comprometida con menos interés.
El caso particular del accidente nuclear.
Desde los siniestros de Windscale-Sellafield en el Reino Unido, TMI-2 en los Estados Unidos y Chernóbyl-4 en la Unión Soviética, la seguridad de las centrales nucleares se ha incrementado enormemente (con una inversión también enorme); en la actualidad, se nos hace difícil concebir un accidente a gran escala en un reactor atómico moderno.
Y sin embargo, afirmar que una obra humana no puede sufrir un desastre constituye una vieja insensatez. De manera accidental o deliberada, todo lo que hacemos las personas (de hecho, todo lo que ocurre en este universo) puede salir mal y, a veces, rematadamente mal. Las instalaciones nucleares, por modernas y sofisticadas que sean, no constituyen una excepción.
El problema radica en que las consecuencias potenciales tanto humanas como económicas de una catástrofe atómica son mucho más graves y extensas, en el espacio y en el tiempo, que el peor accidente posible en cualquier otra clase de planta generadora de energía. Si una central térmica a carbón o gas explota, pues explota, arde una semana y se acabó: la mayor parte del mal empieza y termina ahí. Si un pantano revienta, pues hasta aquí llegó la riada, pero al día siguiente enterramos a nuestros muertos y empezamos a vivir otra vez. Si un molino eólico se parte en pedazos, en el peor de los casos le romperá la crisma a algún desdichado. Etcétera.
Un desastre nuclear a gran escala constituye una clase completamente distinta de catástrofe. Nunca se han podido cuantificar con exactitud las pérdidas materiales ocasionadas por el embalamiento de Chernóbyl-4, pero se estiman generalmente en cientos de miles de millones de dólares, incluyendo la pérdida de extensas regiones agrícolas, y diversos autores apuntan que fue instrumental en el estancamiento económico que condujo al colapso político de la Unión Soviética.
Aunque el número de víctimas humanas ha sido y sigue siendo objeto de discusión entre anti-nucleares y partidarios de la energía nuclear tanto allá como acá, resultaron afectadas cientos de miles de personas en distintos niveles de gravedad. El número de casos de cáncer de tiroides se ha multiplicado en las zonas afectadas, sobre todo entre niños y adolescentes, y también se observa una mayor incidencia de leucemias, malformaciones congénitas y empeoramiento generalizado del estado de salud (aunque esto puede estar relacionado con la grave crisis sanitaria, de atención infantil y de calidad de vida que se experimentó en muchas de estas regiones tras el colapso de la URSS). Las cifras, pues, oscilan entre las 47 víctimas directas del desastre y decenas o cientos de miles a lo largo de décadas; un informe conjunto de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, la Organización Mundial de la Salud y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo calcula unas 9.000 muertes en total, mientras otros creen que este informe incluye subestimaciones groseras y apuntan cifras aproximadamente razonables entre 10.000 y 60.000 a lo largo de 80 años, con algunos subiéndose a la parra por encima de las 100.000. En todo caso, el número de personas afectadas por diversos males y reducción de su esperanza de vida se contará con toda seguridad en los centenares de millar.
La cuestión es que en Chernóbyl-4 tuvimos mucha suerte. Y tuvimos mucha suerte porque la central se encontraba en una región remota del país más grande del mundo, con lo que la mayor y peor parte de la radiación cayó sobre zonas escasamente pobladas. La cercana ciudad de Kiev, con sus dos millones y medio de habitantes, se salvó porque los vientos dominantes alejaron mucha radioactividad hacia el norte, hacia las inmensas extensiones agrícolas de Bielorrusia; un fenómeno de inversión térmica también evitó que lloviera durante las horas peores.
En Europa Occidental, donde los países son mucho más pequeñitos y la densidad de población es mucho mayor, una catástrofe de este tipo pondría a millones de personas bajo densas lluvias radioactivas en breves horas, sin muchos lugares a donde ser evacuadas rápidamente. Incluso una burda superposición a escala del mapa de España sobre el de la zona de deposición primaria del peligroso radioisótopo cesio-137 durante el accidente de Chernóbyl nos da una idea clara de lo que podría significar para un país como el nuestro:
Zona de deposición primaria de cesio-137 durante el accidente de Chernóbyl, con mapa de España superpuesto a escala.
El alcance en el espacio y en el tiempo de un accidente nuclear es muy superior al de cualquier forma convencional de producción energética, y este es un factor que, pese a todos los esfuerzos propagandísticos, permanecerá por mucho tiempo en la memoria de las gentes y de quienes toman decisiones.
La crisis económica global.
Estamos viviendo en la mayor parte del mundo la que probablemente sea la mayor contracción económica desde 1929. Este hecho ha cambiado el perfil de los mercados energéticos globales, y lo que hace apenas tres o cuatro años podía significar una apuesta clara por el renacimiento nuclear, ahora está más bien oscuro por una diversidad de motivos, y entre ellos dos muy notorios:
- La demanda energética global se ha estancado, y aunque esperan una pronta recuperación, ésta se prevé sobre todo en Asia (donde ya se está plantando la gran mayoría de los nuevos reactores). Como consecuencia, los precios del petróleo y el gas natural han regresado a sus tendencias habituales, lejos de las sacudidas especulativas de 2006 y 2007. A menos que los impuestos sobre el carbono para la prevención del calentamiento global se implanten en todo el mundo, esto significa que la situación que arrancó elrenacimiento nuclear con tonos de urgencia ha desaparecido temporalmente, dando lugar a consideraciones más reflexivas. Con el petróleo por debajo de US$100/bbl y sobre todo el gas natural a menos de US$8-10/MMBtu, la energía nuclear no es realmente tan interesante, y aunque seguramente los combustibles fósiles terminarán superando esas cifras, no parece que lo vaya a hacer de manera tan inmediata como se temía hace tres años.
- La crisis financiera y crediticia juega contra los proyectos que requieren grandes inversiones iniciales y largo tiempo de amortización; este es el caso exacto de la energía nuclear de fisión. El coste de instalación de una nueva central nuclear oscila entre 2.500 y 9.000 dólares por kW(e), con el reactor de Olkiluoto-2 a US$4.400/kW(e) en estos momentos y todas las estimaciones para las nuevas centrales nucleares norteamericanas por encima de 4.100. Moody's calcula el coste final total para instalar cualquier nuevo reactor nuclear occidental en 5.000 a 6.000 dólares por kilovatio. China asegura haberlo conseguido a 1.300 y 1.500 US$/kW(e), lo que sería realmente competitivo. Pero en Europa o Norteamérica, estos costes de capitalización inicial de varios miles de dólares tienen que competir con los 869 dólares de una central a gas natural (1.558 con captura de carbono) o los 2.567 del ciclo combinado del carbón (3.387 con captura de carbono) (fuente). Esto se traduce en créditos más fáciles de conseguir, por su menor importe y más pronta amortización, que además sufren menor incertidumbre política y comercial. Por no hablar de la década larga que transcurre desde que te planteas en serio hacer una hasta que escupe el primer vatio, debido a su enorme complejidad.
¿Independencia energética?
Se ha postulado insistentemente que la energía nuclear de fisión es una forma eficaz de conseguir la independencia energética frente a países productores potencialmente conflictivos. Sin embargo, la industria nuclear es extremadamente dependiente de un número muy reducido de países, lo que puede conducir de hecho a cambiar una dependencia energética por otra.
Las mayores minas de uranio, por ejemplo, sólo están en Canadá, Australia, Kazajstán, Rusia, Namibia y Níger: muchos menos países que productores de petróleo o gas. Si se opta por combustible reprocesado, únicamente hay reactores regeneradores a gran escala en Rusia, Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania y Holanda.
Hablar de mercado libre del uranio es una especie de chiste. Para empezar, el uranio no se negocia libremente, por motivos obvios. Para continuar no existe un mercado del uranio, sino dos: uno en torno a Occidente (Australia, América, Europa Occidental) y otro más allá de lo que venía siendo más allá del Telón (Rusia, Kazajstán, Europa del Este, China); obsta mencionar el clientelismo y el intervencionismo político que existe en ambos. Como consecuencia, tampoco existe ni siquiera un precio unificado del uranio, más allá de las fantasías de algunos aficionados a apostar en futuros: las condiciones de la operación dependen rigurosamente de las relaciones geopolíticas globales entre comprador y vendedor. En la práctica, una compraventa de uranio es una operación política, no económica.
Algunos componentes esenciales para la construcción de grandes reactores nucleares, debido a la deslocalización industrial, sólo se fabrican en un número muy reducido de países. Este es el caso de las grandes vasijas de presión necesarias para la mayor parte de los diseños presentes de alta potencia, cuyos únicos fabricantes actuales son Japan Steel Works, China First Heavy Industries y OMX Izhora de Rusia, a las que se quieren sumar Corea del Sur, Francia y el Reino Unido. Pero hoy por hoy, por ejemplo, Westinghouse depende por completo de Japan Steel Works para sus nuevos reactores AP1000.
Por tanto, la energía nuclear aumenta la independencia energética en combinación con otras fuentes, pero sólo la sustituye e incluso la reduce en solitario.
Proliferación de armas nucleares.
La proliferación de la tecnología nuclear civil crea un sustrato científico, tecnológico, industrial y económico para la proliferación de armas atómicas. Esto sólo se puede evitar en el caso de estados absolutamente clientes de tecnología nuclear, meros compradores de lo que les quieran vender sin nada que decir ni en el diseño de reactores ni en el ciclo del combustible. En el momento en que un país desarrolla o adquiere tecnología nuclear propia, la producción de armas nucleares se vuelve un problema sencillo de resolver, sólo compensado por las inspecciones de la Agencia Interenacional de la Energía Atómica.
La mayor parte de reactores comerciales actuales están diseñados para que sea difícil producir material militar con ellos: por ejemplo, el VVER-1000/446 que los rusos le están montando a Irán es especialmente incómodo para producir en él plutonio u otras sustancias de uso corriente en armas nucleares. Pero la ciencia nuclear es una sola, y difícilmente distingue entre civil y militar. La fantasía consensuada de los materiales de doble uso oculta el hecho simple de que todo es de doble uso (aunque unas cosas sean más prácticas que otras, a veces con mucha diferencia).
Una vez has formado un par de generaciones de físicos, químicos y tecnólogos nucleares, tus lagunas teóricas para desarrollar armas nucleares –incluso de cierta sofisticación– son mínimas. Si en ese mismo tiempo has desarrollado una industria nuclear extensiva, sobre todo si has hecho incursiones en el ciclo del combustible, los problemas prácticos para construirlas son sólo una cuestión de tiempo, dinero y voluntad política. Quizá no hoy. Quizá no mañana. Simplemente, cuando te lo propongas y quieras pagar el precio.
¿Y entonces, por qué estoy a favor de la energía nuclear?
Por muchos motivos, aunque diversos acontecimientos de los últimos meses me conducen a tenerlo cada vez menos claro. En primer lugar, porque es una energía práctica: plantas una central nuclear y se lía a tirar vatios con independencia de tus yacimientos energéticos, tu situación geopolítica o incluso tu red de distribución. Mira qué barquitos más monguis se están planteando los rusos para garantizar el suministro en zonas remotas.
En segundo lugar porque, no me fastidies, tira vatios sin parar aunque no haga viento, aunque no salga el sol, o aunque haya problemas de suministro con el petróleo o el gas o lo que sea. Es una energía fiable y sin estacionalidad de ninguna clase.
En tercer lugar porque, en el largo plazo y con contratos asegurados y garantizados por el estado, no es mucho menos rentable que la energía producida por medios convencionales. Porque su contribución a la independencia energética, aunque mucho menor que la asegurada por sus defensores, es real en combinación con otras fuentes de energía. Y también porque en las últimas décadas se ha ido volviendo muy segura, mucho más de lo que era en los '60, '70 y '80. Las probabilidades de un accidente nuclear a gran escala son hoy en día realmente bajas. ¿Nulas? No, nulas no. Los seres humanos siempre somos capaces de convertir una máquina que funciona perfectamente en un cráter humeante.
Como en cualquier otra cosa, la prudencia y oportunidad de la energía nuclear debe obedecer a un cuidadoso estudio de los riesgos y beneficios potenciales para cada caso determinado, bajo estrictos reglamentos de seguridad; no a la histeria de unos y la propaganda de otros. En todo caso, que nadie espere virguerías. El problema es que entonces las cosas dejan de estar claras y entramos en la difícil zona de los matices de gris, ya no es un partido Real Madrid vs Barça, ni nada utilizable en una diatriba PSOE-PP, ni una cuestión de buenos y malos o listos y tontos; se convierte en un complejo problema económico, político, científico y tecnológico, y eso no le interesa a los manipuladores de masas. Pero sí debería interesarnos a todos los demás, porque nuestro futuro depende en buena medida de las fuentes energéticas por las que optemos. Y la energía nuclear puede ser, o no, una de ellas.










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